
Fetiches
Esos Caprichos del deseo.
Ah, los fetiches… esos antojos del alma (y del cuerpo) que convierten lo cotidiano en algo deliciosamente lascivo. Porque, dígame usted, ¿quién no ha sentido alguna vez un extraño cosquilleo al ver unos pies bien cuidados, el crujir del cuero o el roce de unas medias de encaje? No se haga el inocente.

¿Qué son los fetiches?
La palabra fetiche proviene del portugués feitiço, que a su vez viene del latín facticius, es decir, “hecho por arte”. Así que, sí: el fetiche es una pequeña obra de arte del deseo. En términos científicos, hablamos de una atracción erótica intensa y persistente hacia objetos, partes del cuerpo o situaciones específicas que no son, en sí mismas, genitales. Lo que para uno es una bufanda olvidada, para otro es una promesa de lujuria envuelta en lana.
Freud, cómo no, metió su cucharón en el asunto y dijo que los fetiches eran sustitutos del pene femenino (o de su ausencia), lo cual suena bastante dramático, pero el viejo tenía sus teorías. Más adelante, la psicología moderna suavizó el tono, afirmando que los fetiches son parte del espectro de la sexualidad humana, y que, mientras no causen daño ni interfieran con la vida cotidiana, son perfectamente normales. O, mejor dicho, deliciosamente anormales.
Mitos y realidades del fetichismo
Mito 1: “Los fetiches son raros”
Realidad: ¡Ja! Lo raro sería no tener ninguno. Solo que muchos los guardan en secreto, bien envueltos en la discreción de las sábanas.
Mito 2: “Los hombres tienen más fetiches que las mujeres”
Realidad: Lo que pasa es que a los hombres se les notan más. Las mujeres también los tienen, pero muchas veces los encubren bajo la capa del erotismo sutil, ese que seduce con la mirada y no con la bota de látex.
Mito 3: “Los fetiches son modernos”
Realidad: ¡Por favor! Los romanos ya andaban con túnicas abiertas y juegos de rol mitológicos. Hay jeroglíficos egipcios que harían sonrojar a cualquier performer del siglo XXI.
Mito 4: “Si tengo un fetiche, estoy mal de la cabeza”
Realidad: No, cariño. Estás perfectamente cableado, solo que con gustos personalizados. Como Netflix, pero en la cama.
¿Cuándo se vuelve un problema?
El fetiche se transforma en patología solo cuando deja de ser una fantasía juguetona para convertirse en una prisión. Por ejemplo, si alguien solo puede excitarse con zapatos de charol verde lima y absolutamente nada más, y eso interfiere con su vida sexual o emocional, entonces hablamos de trastorno parafílico. Pero ojo, que eso no quiere decir que quien tenga un fetiche está “enfermo”. Es solo cuando la obsesión sustituye al placer compartido que la cosa se complica.
En resumen: si tu vida sexual es una comedia de situaciones con lencería, disfraces o sonidos de látigo… adelante. Pero si te conviertes en esclavo del objeto y no del placer, consulta a un profesional (y no necesariamente a uno con látigo).
En conclusión…
El fetichismo es como el picante en una receta: puede intensificar los sabores, dar carácter, provocar lágrimas… o arruinar el plato si se abusa. Lo importante no es tener un fetiche, sino cómo lo vives, con quién lo compartes y si ese juego enciende o apaga la pasión.
Así que, si tus fantasías incluyen tacones, uniformes, pies, pelucas, hielo, o simplemente una voz susurrante al oído… ¡felicidades! Estás perfectamente mal, como todos los buenos amantes.
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