
Los placeres ocultos del Vaticano
sexo, poder y sotanas revueltas
A lo largo de los siglos, el Vaticano ha sido escenario de intrigas, pasiones y secretos que han desafiado la moral oficial de la Iglesia. Detrás de los muros sagrados, algunos pontífices y figuras cercanas al poder eclesiástico han protagonizado episodios que mezclan deseo, escándalo y poder. Vamos a descubrir algunos mitos, leyendas, rumore, que ciertos o no, entreabre el tupido velo que cubre los secretos más picantes y escandalosos de la santa sede.


Pío II: el papa que narró sus propios pecados carnales
Antes de ceñirse la tiara papal, Eneas Silvio Piccolomini vivió una vida que haría sonrojar a cualquier novicio. Como secretario imperial, embajador y aventurero incansable, viajó por Europa dejando más de un corazón roto y, según se rumorea, un par de hijos bastardos como huella de su paso. Lo que lo distingue no es sólo su desliz mundano, sino su habilidad para transformarlo en literatura. En su juventud escribió Historia de duobus amantibus (“Historia de dos amantes”), una novela erótica que detalla con sutil picardía los encuentros de Eurialus y Lucrecia: dos jóvenes atrapados en un torbellino de deseo, pasión y secrecía.
Esta obra, escrita en 1444, fue un éxito en toda Europa. Se imprimieron más de 30 ediciones antes de 1500, lo que la convierte en un auténtico best seller del Renacimiento. Lo más jugoso es que Piccolomini se habría basado en una historia real, vivida por él mismo, en la que mezclaba su fervor intelectual con un apetito carnal desbordado. Cuando fue elegido Papa en 1458, trató de sepultar su pasado libertino, pero su novela seguía circulando entre clérigos y cortesanos como un libro prohibido de exquisita tentación.

Marozia: sexo, poder y escándalo en la Edad Oscura
En el siglo X, una mujer controló el papado no desde la cátedra, sino desde la cama. Marozia, hija del poderoso Teofilacto I, se convirtió en amante del Papa Sergio III. Este vínculo ardiente le permitió manejar los hilos del poder vaticano con una destreza que haría palidecer a cualquier cardenal. A través de alianzas matrimoniales y manipulaciones políticas, instaló a su propio hijo, Juan XI, en el trono de San Pedro, convirtiéndose no solo en amante de un papa, sino en madre de otro. Todo ello durante el periodo conocido como “la pornocracia”, un tiempo oscuro en el que el Vaticano era gobernado por los deseos de una sola familia… y de una sola mujer.
Marozia no se detuvo ahí. Se casó tres veces, y cada matrimonio le dio más influencia. El segundo de sus maridos, Guido de Toscana, fortaleció su dominio, y el tercero, Hugo de Arlés, acabaría traicionándola, arrestándola y encerrándola en prisión. Pero su legado perduró: durante casi medio siglo, los papas eran simples títeres de esta dinastía de sangre, sexo y poder. El Vaticano, en esa época, no se regía por dogmas divinos, sino por las pasiones humanas más crudas.
Esta etapa de dominio femenino y erótico dentro del papado fue tan escandalosa que siglos después aún resuena como símbolo de corrupción clerical. La Iglesia ha hecho esfuerzos por enterrar esta historia, pero Marozia sigue viva en las crónicas como la mujer que convirtió la tiara papal en una corona de amante.
La leyenda de la Papisa Juana: un vientre que delató al Vaticano
Cuenta la leyenda que en el siglo IX una mujer, disfrazada de hombre, logró escalar las jerarquías eclesiásticas hasta convertirse en Papa. Su nombre era Juana, y su inteligencia, su don para la oratoria y su devoción fingida le permitieron conquistar Roma bajo el nombre de Juan Anglicus. Nadie sospechaba que bajo la sotana latía un corazón femenino… y un cuerpo fértil. El secreto se mantuvo hasta que, durante una procesión papal, Juana se desplomó y, ante la mirada horrorizada del clero y el pueblo, dio a luz en plena calle.
Este evento, de ser cierto, habría provocado una crisis teológica sin precedentes. La leyenda afirma que, tras su muerte —algunos dicen lapidada por la multitud—, el Vaticano instituyó un ritual secreto: la “sedia stercoraria”, una silla con un agujero en el centro donde un cardenal debía verificar manualmente los atributos masculinos del nuevo papa antes de su entronización. “Duos habet et bene pendentes” (Tiene dos y cuelgan bien), era la fórmula que confirmaba la virilidad papal.
Aunque la Iglesia niega categóricamente esta historia, hay esculturas medievales y crónicas europeas que la mencionan con detalles jugosos. La figura de Juana representa, quizás, el deseo reprimido de lo femenino en el poder, la fantasía de una mujer infiltrada en la institución más masculina del mundo.

Alejandro VI: el Papa que convirtió el Vaticano en un escenario de placeres
Rodrigo Borgia, más conocido como el papa Alejandro VI (1492-1503), encarna como nadie el arquetipo del pontífice renacentista sumergido en el placer y la ambición sin límites. Proveniente de una familia influyente, llegó al trono de San Pedro con una reputación ya teñida de escándalos, pero fue durante su pontificado que el Vaticano se transformó en un auténtico teatro del deseo. No ocultaba sus relaciones: tuvo al menos cuatro hijos reconocidos, entre ellos los célebres César y Lucrecia Borgia, y se rodeaba de mujeres hermosas y cortesanos elegantes. Su favorita fue Vannozza dei Cattanei, con quien mantuvo una relación estable, aunque no exclusiva.
Uno de los episodios más comentados de su vida fue el célebre “Banquete de las Castañas”, una fiesta organizada en 1501 por su hijo César en los salones del Vaticano. Según el cronista Johannes Burchard, maestro de ceremonias del papa, el evento consistió en una cena fastuosa seguida de una especie de torneo erótico en el que más de cincuenta cortesanas, completamente desnudas, recogían castañas del suelo entre danzas, aplausos y apuestas de prelados y nobles. Los premios eran joyas y vestimentas de lujo, y algunos rumores aseguran que el propio papa, entonces ya mayor, observaba con regocijo desde su trono, como un César que aplaudía no a gladiadores, sino a cuerpos lujuriosos en plena exaltación.
Alejandro VI no fingía austeridad. Sus aposentos eran ricos en tapices, retratos sensuales y mobiliario de gusto profano. Aunque los defensores de su legado intentaron restarle gravedad a los relatos, el testimonio de cronistas contemporáneos y el desprecio de otros papas posteriores no dejan lugar a dudas: el suyo fue un pontificado gobernado tanto por el incensario como por el perfume de cuerpos desnudos bajo la luz de los candelabros.

Juan XXIII (el antipapa): orgías, herejías y sodomía en el Concilio de Constanza
Aunque el nombre Juan XXIII fue retomado por el papa del siglo XX, el primero en llevar ese título fue Baldassare Cossa, antipapa entre 1410 y 1415, cuya vida fue tan escandalosa que parecía sacada de una novela gótica. Antes de su elección como antipapa —en un periodo en que había varios pretendientes al trono de San Pedro—, Cossa era corsario, soldado y comerciante de favores. Se le acusaba de simonía, herejía, y algo aún más audaz: de mantener relaciones sexuales con monjas, clérigos, y jóvenes seminaristas.
Durante el Concilio de Constanza, fue depuesto y juzgado por más de 70 cargos, entre ellos sodomía, violación, incesto y asesinato. El juicio —uno de los más vergonzosos de la historia papal— se llevó a cabo con pruebas contundentes: testimonios, confesiones de víctimas y denuncias firmadas por decenas de testigos. Se le acusó, por ejemplo, de violar a más de 300 mujeres, incluyendo novicias en conventos que visitaba bajo pretexto pastoral. Las crónicas lo retratan como un hombre de impulsos desbocados, sin fe ni freno, que transformaba sus viajes apostólicos en orgías itinerantes.
Tras su caída, fue encarcelado por el emperador Segismundo. El papa Martín V, quien lo sucedió, permitió su liberación años después, más por piedad que por clemencia. Juan XXIII murió lejos del poder, pero su nombre quedó proscrito de la numeración papal… hasta que, en el siglo XX, el nuevo Juan XXIII lo rehabilitó, alegando que “el número no está maldito”. Pero la historia no olvida: el primer Juan XXIII fue, para muchos, un papa del demonio disfrazado de pastor.

“No hay sotana que apague el fuego del deseo, ni confesión que lo absuelva si no se ha saboreado.”
Parafraseando a Giovanni Boccaccio
Benedicto IX: el niño papa que vendió el papado por amor
En una historia que parece escrita por Shakespeare en estado febril, Benedicto IX, quien se dice que asumió el papado por primera vez con apenas 12 años (aunque se desconoce con certeza la fecha de su nacimiento), fue uno de los pontífices más controversiales de la Edad Media. Proveniente de la poderosa familia Tusculum, su elección fue un acto descarado de nepotismo, y su comportamiento pronto lo convirtió en una vergüenza para Roma. Se le acusó de sodomía, violaciones, orgías, y de haber mantenido relaciones con hombres y mujeres por igual, dentro y fuera del Vaticano.
Los rumores de la época hablan de sus escapadas nocturnas disfrazado, sus escándalos en fiestas públicas y su uso del poder para seducir a nobles y plebeyos. Pero lo más insólito llegó en el año 1045, cuando, hastiado —o enamorado—, vendió literalmente el papado a su padrino, el archidiácono Juan Graciano (quien se convirtió en el papa Gregorio VI), a cambio de una suma de dinero… y la libertad de casarse con una mujer de la nobleza romana. El intento fracasó: ella lo rechazó, el escándalo fue tan grande que hubo una revuelta, y Benedicto volvió a reclamar el trono papal brevemente antes de ser excomulgado y desaparecer.
Benedicto IX no sólo fue papa en tres ocasiones distintas —algo sin precedentes— sino que dejó una huella imborrable como el símbolo viviente de lo que sucede cuando el deseo se sienta en el trono de San Pedro. Su vida es una tragicomedia papal que mezcla poder precoz, lujuria adolescente y ambiciones tan humanas como cualquier pasión prohibida.
Juan Pablo I: el papa de los 33 días y los rumores de traición… y amantes
La figura de Juan Pablo I, el “Papa de la sonrisa”, siempre ha estado envuelta en un halo de ternura, misterio… y muerte. Albino Luciani fue elegido en agosto de 1978 y apenas 33 días después fue hallado muerto en su cama. La versión oficial: un infarto fulminante. Pero el Vaticano no permitió autopsia, el cuerpo fue rápidamente embalsamado, y las inconsistencias en el relato —como quién lo encontró, en qué posición estaba, y qué documentos tenía en las manos— avivaron toda clase de teorías.
Uno de los rumores más persistentes apunta a que Juan Pablo I tenía la intención de realizar una profunda limpieza en el Vaticano: acabar con la corrupción del Banco Vaticano, desenmascarar a la logia masónica Propaganda Due, y —esto es lo más picante— destituir a altos prelados involucrados en escándalos sexuales. El periodista británico David Yallop, en su explosivo libro «In God’s Name», sugiere que el papa estaba al tanto de redes homosexuales encubiertas en la Curia, e incluso se hablaba en pasillos discretos de sus sospechas sobre la existencia de un “club privado” de clérigos que celebraban encuentros íntimos en residencias papales fuera de Roma.
Una historia más atrevida —y no confirmada— insinúa que el propio Juan Pablo I mantenía una relación epistolar con una joven ex monja italiana, y que ambos compartían una amistad ambigua, quizá un intento de conectar emocionalmente en un mundo de silencio. Aunque nunca se hallaron cartas ni pruebas concluyentes, la sola posibilidad desató especulaciones sobre si su repentina muerte fue un accidente del corazón… o una ejecución delicada por saber demasiado y hablar con el alma demasiado abierta.

Cardenales en la sombra: fiestas privadas y redes ocultas
En la era moderna, los escándalos sexuales no han dejado de salpicar los muros del Vaticano, aunque ahora se ocultan tras cortinas diplomáticas, traslados estratégicos y comunicados ambiguos. Uno de los casos más recientes y llamativos fue el del arzobispo Luigi Capozzi, secretario de un cardenal influyente, quien en 2017 fue arrestado en un apartamento de propiedad vaticana… mientras celebraba una orgía con drogas y varones jóvenes. La policía encontró cocaína, música electrónica, y decenas de cuerpos entrelazados, en una escena que más parecía salida de una película de Pasolini que de un enclave religioso.
Lo más inquietante no fue el hecho en sí —porque en Roma todos sabían de la existencia de estos encuentros selectos— sino que sucediera dentro del Vaticano. Según reportes del diario Il Fatto Quotidiano y La Repubblica, varios miembros de la Curia habrían sido encubiertos en el escándalo, y Capozzi fue internado brevemente en una clínica para “rehabilitación espiritual”, sin mayores consecuencias legales.
Este tipo de encuentros no son nuevos. Periodistas como Carmelo Abbate, autor de «Sex and the Vatican», documentaron fiestas privadas donde altos prelados asistían disfrazados, con máscaras venecianas, a reuniones exclusivas donde se dejaban a un lado los votos y se celebraba el cuerpo. Estas redes, aunque ocultas, han sido un secreto a voces en Roma durante décadas, y revelan un patrón: cuanto más fuerte es el voto, más intensa es la transgresión.

El secreto de Marcial Maciel: abuso, doble vida y protección papal
No se puede hablar de la sexualidad y el Vaticano sin abordar uno de sus casos más escandalosos y perturbadores: el del sacerdote mexicano Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo. Aclamado durante décadas como modelo de virtud y carisma por Juan Pablo II, Maciel llevaba una doble —o triple— vida: abusó sexualmente de seminaristas, tuvo hijos en secreto con varias mujeres, y acumuló una fortuna descomunal gestionada desde el interior del Vaticano.
Durante más de 40 años, se protegió detrás de una imagen de obediencia extrema y cercanía con el poder. Fue acusado formalmente por más de 30 víctimas, y se comprobó que utilizaba su posición para seleccionar jóvenes seminaristas según su “atractivo físico”, ofreciendo favores espirituales que desembocaban en abusos. Se sabe que mantuvo relaciones duraderas con al menos dos mujeres, a quienes hizo pasar como colaboradoras laicas, y con quienes tuvo varios hijos. Lo más siniestro: también abusó de sus propios hijos, según testimonios judiciales posteriores.
Fue hasta el papado de Benedicto XVI que Maciel fue retirado del ministerio público y condenado a una vida de penitencia. Sin embargo, nunca fue excomulgado ni procesado civilmente. Su historia es la evidencia más dura de cómo el deseo mal canalizado —y la permisividad estructural— pueden corromper hasta los pilares más sagrados de la Iglesia.
Informe del Vaticano sobre Maciel
“Nada hay más contagioso que el pecado en el recinto de los santos.”
Umberto Eco (en El nombre de la rosa)
La historia del Vaticano no sólo está escrita con tinta dorada y rezos, sino también con susurros ahogados tras los confesionarios, caricias furtivas entre muros centenarios y pasiones que, aunque prohibidas, laten con fuerza bajo las sotanas. Desde papas renacentistas que gobernaban entre orgías y venenos, hasta escándalos modernos envueltos en trajes de Armani y silencio institucional, el deseo ha sido una presencia constante —a veces oculta, a veces desbordante— en el corazón mismo de la Iglesia.
Y quizá sea esa tensión —entre lo divino y lo humano, entre el deber y el deseo— la que otorga a estas historias su carga erótica y fascinante. Porque lo verdaderamente provocador no es la transgresión en sí, sino el disfraz con el que se cubre. Y si el Vaticano nos ha enseñado algo, es que los secretos mejor guardados no están escritos en los libros… sino en los cuerpos, las miradas y las noches que la historia prefirió olvidar.
Y sin embargo, aquí estamos. Recordando. Imaginando. Deseando.
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